
(Imagen de la película sudafricana 'Serafina', donde homenajea a los jóvenes, casi niños, que se rebelaron en Soweto).
Casado y probablemente con algún que otro hijo, sin haber estudiado más allá de cinco o seis años, trabajando en cualquier empleo no cualificado, viviría el final de la década de los 80 en una permanente contradicción: el final del régimen se veía en el horizonte, pero el gigante no cesaba en la represión. Cuanto mayor era la fuerza del movimiento negro, más fuerte era la respuesta de un Gobierno que en sus últimos años declaró el Estado de Excepción en innumerables ocasiones y nunca dudó en utilizar la fuerza contra esa 'raza inferior' que eran los negros.
Este hombre tendría que espera a cumplir los 30 para empezar a ver por fin la luz en su camino: el final del Apartheid, las primeras elecciones libres, la libertad... Pero es probable que para entonces la violencia, el odio, la percepción de que la vida vale muy poco, la sensación de inferioridad y muchos otros sentimientos estuvieran ya demasiado dentro de él. Tan dentro que ni las palabras ni si quiera los hechos sirvieran ya de nada. Tan dentro que en él ya sólo quedase violencia. Esa violencia que se desató en los años 90 y que pronto convirtió a Sudáfrica en uno de los países con más muertes, asaltos y enfrentamientos del mundo. Una violencia que explotó en los 90 pero que ya estaba ahí, camuflada en las cifras oficiales, y camuflatada en la propaganda afrikáner de un idílico paraíso blanco en medio del África negra.

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